Aprender a disfrutar de tu propia compañía

Advertisement

Hay un arte silencioso en aprender a disfrutar de tu propia compañía.
Al principio puede parecer extraño sentarse solo sin una pantalla o un plan, solo tú y el paso del tiempo.
Vivimos en un mundo que nos dice que debemos estar conectados, llenar cada silencio, tener siempre a alguien o algo que nos mantenga ocupados.
Pero estar solo no es lo mismo que sentirse solo.
Es un espacio donde comienzas a encontrarte contigo mismo sin todo el ruido.

Cuando dejas de intentar escapar de tu propia presencia, empiezas a notar las pequeñas cosas.
La forma en que el aire toca tu piel, el ritmo de tu respiración, la manera en que los pensamientos van y vienen sin necesidad de arreglarlos.
Aprendes que la paz no llega porque otros te la den, sino porque tú permites que exista dentro de ti.
La soledad deja de ser un vacío que llenar y se convierte en un lugar donde descansar.
Se vuelve una especie de amistad, la que construyes contigo mismo.

Hay algo reconfortante en hacer cosas ordinarias solo.
Dar un paseo sin destino, cocinar para uno, sentarte en un café con tus pensamientos en lugar de tu teléfono.
Empiezas a ver que tu propia compañía es suficiente, que tus pensamientos, tu humor, tus momentos de silencio tienen valor.
Empiezas a sentirte cómodo en tu propio ritmo, sin esperar que alguien más haga que el momento tenga sentido.

Con el tiempo, el miedo a estar solo se suaviza.
Empiezas a desear la simplicidad de ello, la calma de no tener que actuar, explicar o adaptarte a nadie.
Te vuelves más honesto, más centrado, más consciente de lo que realmente te hace bien.
Y en ese espacio aprendes a escuchar no solo a tu mente, sino también a tu corazón.

Estar solo te enseña que la conexión es más dulce cuando es elegida, no cuando es necesaria.
Te muestra que el amor y la compañía no sustituyen el entendimiento propio, sino que lo reflejan.
Cuando disfrutas de tu propia compañía, llevas una energía más tranquila y estable al mundo.
Ya no te mueves desde el vacío, sino desde la plenitud.

Así que pasa esa tarde contigo mismo. Deja que el silencio te envuelva.
Lee, escribe, camina, piensa o simplemente sé.
Quizás te sorprendas al descubrir que en esa quietud no hay vacío, sino una profunda comodidad no dicha.
Esa que solo aparece cuando finalmente haces las paces con tu propia presencia.

Advertisement
Advertisement